“Las enseñanzas de Hitchcock”, por Jorge Letelier

1 05 2010

“Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspense”.

A estas alturas del partido, nada parece más obvio que una frase como esta, una de las más conocidas de Alfred Hitchcock y que podría resumir su concepción del cine. Y si bien suena simple, son pocos los cineastas que la han asimilado con justeza y cientos los que no han entendido ni una palabra.

Algunos entienden el suspenso como alguien escondido tras una puerta, otros, con monstruos digitales acechantes, los más, con chirriosos y machacantes golpes musicales para asustar al espectador. El cineasta inglés lanzó la “definición” hace medio siglo pero pocos captaron que se trataba de una broma más. Que tras la frase de bronce que explicaba un mecanismo como si fuera una ecuación, se escondía un complejo entramado conceptual que tenía que ver con pulsiones sexuales, ambiguedad de las miradas, un poderoso sentimiento de culpa y una mirada del mundo que era retorcida y perversa, pero con sabor a un pedazo de pastel.

Ahora, cuando se cumplen 30 años de su muerte, la regordeta figura de Hitchcock no para de crecer. Sus películas tienen la rara virtud de rejuvenecer con los años y ante cada visionado surgen nuevas y nuevas lecturas que demuestran que antes que nadie el director mezcló mirada personal y entretención a toda prueba.

Vertigo era una conmovedora historia de amor, pero también latía el espesor vampírico de la necrofilia. En La ventana indiscreta palpitaba un malsano voyerismo. La tensión sexual queda patente en Notorious y la homosexualidad era el verdadero leitmotiv de Intriga Internacional, una aparente cinta de espionaje.

En Extraños en un tren, el público se quedaba con el villano encarnado por Robert Walker, más seductor e inteligente que el acomplejado protagonista. En Sicosis mató a la protagonista Janet Leigh a la hora de metraje y dejó claro que las madres no son sólo amor. En Los pájaros mandó a cientos de aves a atacar a personas sin darse la molestia de explicar qué diablos estaba sucediendo.

Y en todas ellas, como dijo una vez, manejaba al público como si fueran ovejas. La frase, dicha en pleno reinado de la era de los estudios de Hollywood donde la representación lo era todo (lo verosímil de la ficción), era tan subversiva que pocos se dieron cuenta. Hoy, cuando el público determina cómo y de qué forma tienen que hacerse las películas, un tipo como Hitchcock no tendría mucho que hacer. O quizás el cine no sufriría de la vulgaridad crónica que padece si el hombre que sabía demasiado siguiera haciendo películas.

Fuente: La Tercera


Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: